Cuaderno de bitácora. Fecha estelar: jueves,11 de diciembre de 2014.
Creo que hoy, querido lector, me he superado con el título (modestia aparte). Bien, halagos aparte, permitidme que os explique el galimatías.
Antes de adentrarme en la elaboración de este almanaque, se me encargó realizar un Pechá Kuchá, un tipo de presentación, creada por los japoneses, cuya originalidad reside en veinte diapositivas cada una de veinte segundos de duración. Tiene algunas otras características, pero estas son las más relevantes. El trabajo lo realice con otros dos compañeros de peripecias (por ponerle un nombre) aquí os dejo los enlaces a sus blogs (http://elbauldelaticnologia.blogspot.com.es/) (http://elticmanal.blogspot.com.es/).
Para fortuna de mi grupo, yo ya estaba experimentado en esas presentaciones (cortesía a mi profesora de dibujo que también es mi profesora en esta asignatura y que por ninguna razón en particular, la menciono.). Sin embargo, aquello no me preparo para la situación más paranoica y tensa que he vivido en mucho tiempo… Encontraba me buscando en el infinito mar informático (sé que mi fina prosa te deleita querido lector) alguna imagen que careciese de derechos de autor para poder incluirla en mi parte de la presentación. Cuando tras una larga búsqueda a través de aquel océano, mis ojos atisbaron en la lejanía la imagen perfecta. La copie y me dispuse a pegarla en la diapositiva. La pestañita de cargando imagen coló los primeros tres minutos, después volví a repetir el proceso de copia y pega y otros tres minutos, repetí y repetí y tu casa derri… (Perdón estoy divagando) Resumiendo, la maldita foto no se cargaba y era ya la hora de ir cerrando los portátiles. Y me dije a mi mismo, "apago ahora el ordenador y ya en casa que es la última foto la hago". Llegue a casa, encendí mi ordenador y para mi estupor (por no decir algo más perturbador) la supuesta imagen seguía cargándose, y no solo eso, si no que me bloqueo el maldito ordenador entero y me encontré en la obligación de reiniciar no una, lector, sino dos veces la máquina. Fue ya aquí cuando empecé a plantearme la naturaleza de la fotografía y cuan cualificado estaría mi persona para realizar el exorcismo. Finalmente al día siguiente y con los nervios crispados termine por pedirle a uno de mis compañeros que desde su ordenador seleccionase la imagen y la pegase el por mi, poniendo así fin a la maldición, de momento…